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Dependencia, apego, amor

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En un taller que dicté recientemente hablamos acerca del apego en las relaciones pero sin realmente profundizarlo, y ahora quiero contarte algo más al respecto.

Un amigo allí mencionó en ese momento que el amor duele, y yo le contesté que es el apego el que duele, el amor es libre.

El apego no es amor, es cierto que cuando amamos deseamos compartir más tiempo con la persona objeto de nuestro afecto, pero el amor también es libertad, es estar alegres de que el ser que amamos está bien aunque no esté a nuestro lado. Nos alegra saber que él o ella no son seres necesitados al igual que nosotros tampoco lo somos.

Cuando hablamos de ser una persona necesitada, es porque ella busca afuera de sí lo que realmente puede encontrar en su interior pero lo ignora o no sabe cómo hacerlo, entonces anda por la vida buscando llenar ese vacío interno.

Así que en primer lugar no confundamos una cosa con la otra. El amor puede transformarse en un compromiso de convivencia, de compartir cosas en común, una vida… Puede existir el compañerismo y por lo tanto ese compromiso mutuo se transforma en un acompañamiento si así lo desean de mutuo acuerdo. El amor acepta que cada quién sea como realmente es. Los vínculos son decisiones que no siempre están relacionadas al amor. Si el amor que das no te lo das también a ti, entonces ese amor no es real.
El apego está basado en creencias egoístas más relacionadas con la necesidad. El apego y la dependencia se asemejan más a la esclavitud que al amor. Dejamos de ser libres por propia decisión y pretendemos quitarle la libertad al otro. Somos responsables de nuestras situaciones de apego y dependencia, y así como lo creamos también lo podemos cambiar.

El apego y la dependencia están más ligados al dominio, a la opresión, al sometimiento, y al yugo. No está basado en la confianza sino en el miedo. Cuando dependemos de alguien vivimos con temor.

El apego está enraizado a nuestro miedo a la soledad, al no merecimiento, a la desvalorización. El amor parte primero del amor hacia sí mismo, que es la única manera de poder amar a otros. Si tienes en tu corazón amor, encontraras todos los corazones cargados de amor.

El apego y la dependencia se sanan a través del amor hacia uno y si ese amor no se logra porque no lo sentimos, no nos valoramos, comenzamos a sanar a nuestro niño interno que es donde se encuentran las heridas de abandono, de soledad, de maltrato, allí están todas nuestras memorias de no ser queribles, y valiosos.

No es necesario cambiar de pareja, lo que tienes que cambiar son tus actitudes, tus decisiones y sobre todo quererte. No es en el afuera el lugar a corregir. Es a través de ti que producirás el cambio en tu vida. Comienza por amar a tu niño interior, a consentirlo y brindarle seguridad.

Recuerda que el afuera solo es el reflejo de ti, de tus creencias y creas y atraes a tu vida aquello que está en ti.
Quién tiene que cambiar eres tú, tú eres la causa, el mundo, tus relaciones, serán el efecto y por ende también se transformarán. Eso sí, cambia el concepto que tienes de ti y sin expectativas verás como suceden los milagros.

No le temas al cambio porque el cambio es una función automática de la existencia y no hay nada que hacer para poder evitarlo. La adaptación al cambio y el desapego van de la mano, en cambio si te resistes, esto te trae sufrimiento. Dale la bienvenida con confianza al cambio y todo será para bien.

Tú eres la oruga que se convierte en mariposa, haz como ella, suelta los apegos para darle la bienvenida lo nuevo..
Si te das tanto amor como el que esperas de afuera, dejarás de sentirte dependiente y soltarás los apegos y la dependencia.

El agua se purifica fluyendo.

Te amo

Jocelyne Ramniceanu

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Como educar ¿a los hijos o a los padres?

Los hijos desde el momento que nacen representan para casi todos los padres, un cúmulo de esperanzas y expectativas. Muchos padres perciben a su descendencia como sus propias extensiones, principalmente en aquellas áreas donde aun no pudieron culminar sus objetivos personales, entonces depositan en ellos el peso de sus ambiciones más secretas. Otros los tienen como cómplices incondicionales y depositarios de quejas, dimes y diretes e historias personales y son educados dentro de un marco de evitación, donde la sobreprotección es la regla. Estos padres plagados de buenas intenciones cuartan su libertad de experimentar para evitar que sus hijos sufran experiencias similares a las que ellos padecieron, guiados principalmente por el miedo por encima del amor y la confianza. También están aquellos padres perfeccionistas donde para sus hijos se vuelve una tarea prácticamente imposible poder complacerlos y lograr su reconocimiento.

Estas actitudes de los padres generalmente son inconscientes, y están colmadas de buenas intenciones. No se percatan y no son ellos quienes toman las decisiones sino sus propios programas mentales que toman el mando, sus memorias familiares, ancestrales o experiencias traumáticas de sus pasados.

En realidad cuando hablamos de los hijos de quien verdaderamente hablamos es de los padres, no hay forma de desligarlos. Los padres son la causa y los hijos el efecto, visto de otra manera, yo soy la creadora del mundo que percibo incluyendo a mis hijos.

Invariablemente nuestros hijos son nuestra proyección, algunos padres más que otros logran mantener un apego relativamente saludable con ellos, otros debido a sus temores, experiencias pasadas y creencias, ejercen presión mas o menos fuerte para ajustarlos al modo de pensar del núcleo familiar.

Las causas que motivan a que padres eduquen a sus hijos bajo ciertos paradigmas son muy amplias pero las motivaciones básicas que los impulsan, están centradas en torno al amor o el temor.

Las relaciones basadas en el temor, cuando este es la parte predominante creará relaciones difíciles, numerosos conflictos, alejamientos, adicciones, etc pero estas situaciones se pueden revertir, siempre podemos regresar al amor y restablecer los lazos. En la medida que nosotros estemos bien, ellos estarán bien sin importar la distancia ni el tiempo transcurrido ya que estamos siempre interconectados.

Nuevamente tenemos que tomar responsabilidad de que todo aquello que vemos en nuestros hijos lo hemos creado nosotros. Cuando observamos conductas que nos preocupan o nos desagradan, donde tenemos que mirar es en nuestro interior. Aunque no parezca así, nosotros creamos nuestras experiencias. Podemos intentar corregirlos pero los resultados no serán los esperados a menos que nos revisemos y cambiemos nuestra percepción. Lo que vemos en nuestros hijos son solo nuestras proyecciones, y no los estamos viendo desde el corazón, como realmente son.

La sanación comienza desde adentro hacia afuera, comenzamos por nosotros y esta se extiende a nuestras creaciones.

Nuestros hijos son nuestros maestros, están aquí para enseñarnos que debemos rectificar en nosotros, y nos brindan siempre una oportunidad de emendar.

Si nos enfocamos en el amor lograremos grandes cambios, no en ellos sino en nosotros, y por lo tanto se producirán en ellos también. Lo que vemos afuera es el reflejo externo de nuestro interior, nuestras creencias las vemos reflejadas en el cuerpo físico de nuestros hijos, no los percibimos perfectos como fueron creados porque nuestros lentes están teñidos de memorias, de un cumulo de información que no nos sirve y por lo tanto nos llenamos de juicios que nos imposibilitan ver con claridad.

Cuando hablamos de los hijos, tenemos que describir a los padres.

A nuestros hijos tenemos que amarlos y agradecerles que estén en nuestra vida y solo de esta manera es cuando se producen los cambios milagrosos. Aceptar tan siquiera un poco que podemos estar equivocados y que no vemos las situaciones desde la perspectiva del corazón sino de la mente, puede restituir las relaciones y devolverlas a su estado natural de armonía y paz.

Es importante comprender que nuestros juicios siempre vienen de nuestras memorias, fueron aprendidos y es necesario aceptar la posibilidad que podemos estar equivocados porque no estamos mirando con los ojos del amor sino desde el miedo.

A nuestros hijos debemos aceptarlos tal como son y dejarlos libres de nuestras cargas, y nosotros debemos limpiar y limpiar nuestras memorias para ser inspirados en la mejor manera de guiarlos.

Cuando obtenemos claridad las relaciones se transforman y sucede lo que es perfecto y correcto para cada quien.

Te amo

Jocelyne Ramniceanu

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Acerca del apego.

Queridos amigos, feliz Domingo, y feliz semana. Esta vez quiero compartir con ustedes una sabia historia que desconozco su origen pero es muy ilustrativa acerca de nuestros juicios, y apegos, cuando nos suceden lo que llamamos “cosas malas” en nuestra vida.

Hay una historia acerca de un viejo sabio en la China que tenía un caballo y un hijo. Todos sus vecinos le tenían lástima y siempre le decían: “Qué triste que todo lo que tienes es un hijo y un caballo”. El viejo sabio siempre respondía con las siguientes palabras: “¿Qué es bueno, qué es malo, quién sabe?” Un día, el caballo se escapó. Todos los vecinos se le acercaron con mucha compasión, diciendo: “¡Es terrible, tu único caballo se escapó y ahora solamente tienes a tu hijo. Es terrible!”. Como siempre, el viejo encogió sus hombros y dijo:

“¿Qué es bueno, qué es malo, quién sabe?”.

Pasó una semana y el caballo regresó, y con él venían doce hermosos caballos salvajes. Los vecinos estaban muy emocionados y corrieron hacia el viejo proclamando su buena fortuna: “Es tan maravilloso, ahora tienes muchas posesiones”. El viejo sabio respondió una vez más encogiendo sus hombros con las acostumbradas palabras:
“¿Qué es bueno, qué es malo, quién sabe?”.

El viejo sabio le dijo a su hijo que comenzara a entrenar a los caballos salvajes para que pudieran serles útiles.
Un día, el hijo estaba montando un caballo particularmente salvaje, se cayó y se rompió ambas piernas.
Cuando los vecinos supieron, llenos de lástima le decían: “Qué cosa tan horrible lo que le pasó a tu único hijo”.
El viejo sabio nuevamente se encogió de hombros y dijo: “¿Qué es bueno, qué es malo, quién sabe?”.

Poco tiempo después, llegaron unos jinetes desde una villa cercana buscando a todos los hombres físicamente capaces para ir a la guerra y para ayudarles a proteger su villa de las bandas de ladrones que merodeaban por allí. Así fue como todos los jóvenes de las villas cercanas fueron a ayudar a la guerra excepto el hijo del viejo sabio, quien tuvo que quedarse en casa porque sus dos piernas rotas aun no habían sanado. Todos los jóvenes que fueron a la guerra murieron pero el hijo del viejo sabio vivió muchos años.

Entonces, cuando parezca que tu mundo se está derrumbando a tu alrededor y no puedes encontrarle ningún sentido a lo que te está pasando, siempre recuerda que no conoces la película completa y recuerda también las palabras del viejo sabio:
“¿Qué es bueno, qué es malo, quién sabe?”.

No sabemos nada, y en la medida que admitamos nuestra ignorancia sin resistencia, sin juicios, sin culpas y aceptamos que aquello que nos ocurre es siempre una bendición, podremos vivir sin sufrimiento, incluso si nunca llegamos a comprender el por qué. No es necesario saber, pero si es importante soltar y confiar. El dolor es parte de nuestra naturaleza pero el sufrimiento es opcional. No existe nada tan terrible, cuando aprendemos a desapegarnos a los resultados. Lo terrible no es lo que nos sucede sino como lo interpretamos.

El trabajo es interno, el trabajo es desapegarnos, soltar y confiar. Esta es la tarea más importante en nuestra existencia. Cuando logramos el desapego, es cuando realmente estamos amando, estamos amándonos. No necesitamos, estamos completos y experimentamos.

Te amo.

Jocelyne Ramniceanu

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